Marcos de Quinto, la ponzoña de Ciudadanos.




Hace un par de meses asistí a la presentación del libro “Fuimos nosotras” de la periodista Magis Iglesias. Una de las primeras reflexiones que no tardó en salir fue que “los políticos contemporáneos han perdido la pasión, la formalidad y la responsabilidad institucional que claramente caracterizaban a los políticos de la Transición”. Cuánta razón. Es más, detrás de esta afirmación se esconden dos problemas fundamentales: la conversión de la política en un trabajo “más” y la necesidad de generar polémica y controversia si se desea aparecer en un medio de comunicación.

A pesar de que la militancia en un partido es una de las formas más poco habituales que tienen los actores políticos -nosotros mismos, por ejemplo- de participar en la vida pública y política, el apogeo de la actividad institucional en los últimos años está haciendo que ésta se convierta en una buena salida profesional y de futuro. Y no es de extrañar. Si consigues acceder a un puesto orgánico o público, un sueldo más que suficiente y una diversión constante (que suplirá tu ambición) te acompañarán el recorrido. La política se ha convertido en una salida laboral como otra cualquiera y los que participan de ella obvian los verdaderos valores que deben impulsar su acción: el deseo de trabajar por los demás, la necesidad de defender unos ideales y un proyecto de futuro, la responsabilidad y la humildad. Todo pareciera indicar que, en la actualidad, aquel que emprende la labor por lo público lo hace a menester de su carrera profesional y sus ansias por destacar. Nada más y nada menos. Ya no queda nada de aquellos políticos que, en efecto, infundían ganas, seguridad y sinceridad con su forma de hacer política. Y esto se puede comprobar con la proliferación de lo que en Ciencia Política conocemos como “outsiders” que son aquellas personas políticas sin una trayectoria vital cercana a lo público. Los “independientes”, en muchos casos. Los que de un día para otro aparecen en televisión representando a un proyecto político y nadie sabe cómo ha llegado hasta ahí. De esos hay muchos ahora. ¿No es esto, por tanto, la clara muestra de la profesionalización de la política? Los politólogos no nos cansamos de estudiar y entender esta gran lacra de la política. Recuerdo las sabias palabras de un amigo político: “antes de meterme en política, créate y asegúrate un futuro, luego, si realmente te apasiona y tienes vocación, accede a ella y trabaja por lo público con interés y dedicación. Es la mejor forma de no depender de una lista y de escapar de la corrupción política”. Grandes palabras, sin duda.

Otro de los problemas a los que nos enfrentamos es a lo que los expertos llaman “la economía de la atención” y no pasa, por desgracia, desapercibido para los medios de comunicación. Pero, ¿en qué consiste? Todos y cada uno de nosotros tenemos y conocemos la respuesta. Y el que diga que no, miente. Con la fácil y rápida accesibilidad a la información a la que estamos supeditados y con la ingente cantidad de noticias que circula diariamente por nuestra retina, no es de extrañar que inconscientemente filtremos y busquemos aquello que nos resulta más fácil comprender y aprehender. De ahí a que un vídeo o una imagen valga más que mil palabras. Queremos informarnos, sí. Pero de una forma rápida y sencilla. Y cuanto antes, mejor. No es de extrañar, consecuentemente, que los medios de comunicación busquen y publiquen aquello que, en efecto, va a activar nuestra atención. La polémica y la controversia son dos instrumentos de acción muy usados por los medios y los políticos que desean emitir un mensaje de una forma eficaz y rápida. En fin, que la culpa de que la política y de que la mayor parte del periodismo se haya convertido en un timo y en un teatro es nuestra. Es lo que demandamos. Es lo que pedimos. Es lo que nos gusta.

Y si juntamos estas dos ponzoñas de la sociedad sale un nombre: Marcos de Quinto. Responde perfectamente a los dos problemas expuestos: es un auténtico outsider de la política que exclusivamente busca satisfacer sus ambiciones y ansias de reconocimiento público y, además, conoce perfectamente las armas de la atención pública: la polémica y la controversia. Como ustedes sabrán, me estoy refiriendo más concretamente a una de sus últimas palabras; cito textualmente: “la piadosa teocracia izquierdista envía a la hoguera a quien se le atisbe un mínimo comentario crítico sobre el Open Arms y alguno de sus bien comidos pasajeros (que costearon su pasaje con las mafias)”. Está claro que una persona en su sano juicio, a pesar de la ideología que tenga y de lo más retorcido que sea, no puede pensar que los migrantes del Open Arms están “bien comidos”. O que se cree el señor Quintos, ¿no sería de mejor agrado, para los bien comidos, viajar en un avión en clase business y no en una patera? Y si de verdad lo pensase, entonces sí que es preocupante. Además de evidenciar que obvia la realidad que les lleva a los migrantes emprender una viaje que muy posiblemente sea fatal, demuestra su falta de empatía y su incapacidad para la política. En cualquier caso, esas palabras son inadmisibles para un representante público y, si aún le quedase un mínimo de cordura e inteligencia, debiera dimitir y satisfacer su egoísmo personal de otras maneras. Marcos de Quinto, haga caso a algunos compañeros de partido y dimita. Recupere, al menos, un poco de seriedad y de prestigio público. Es un consejo.

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